Los mercados son números, negocios, expectativas empresariales y socio-económicas. Pero los mercados son, ante todo, un fenómeno humano y, los seres humanos como conjunto, tendemos a los extremos de forma reiterada. Una y otra vez.

Somos los mismos tipos que a la vez que publicábamos el Malleus Maleficarum que inauguró siglos de cazas de brujas, trazábamos las obras de arte más bellas que la humanidad había concebido jamás hasta la fecha.

El nacimiento de Venus, de Botticelli, obra de la misma década que el nefasto Malleus Maleficarum del dominico alemán Heinrich Kramer.

La humanidad evoluciona, pero en esa línea ascendente desde la noche de los tiempos hasta...solo Dios sabe hasta donde, se producen variaciones senoidales en en nuestro supuesto camino hasta los cielos. Y hasta otras galaxias que diría Elon Musk. Es decir, el camino no es recto y está lleno de curvas a pesar del progreso.

Los inversores en ferrocarriles a lo largo del siglo XIX ni siquiera podían concebir trenes de alta velocidad que unieran ciudades a 500 kilómetros de distancia en apenas poco más de 2 horas. Con el tiempo todas sus expectativas se cumplieron y fueron más allá de sus sueños más salvajes, pero ello no evitó que casi todos acabasen arruinados por el camino.

Índice bursátil (reconstrucción) de las acciones ferroviarias en EE.UU. Una tecnología revolucionaria y rentable a largo plazo no está exenta de fuertes y prolongados mercados bajistas por el camino.

Más de un siglo después de aquella tecnología, los inversores empezaron a apostar por el futuro con la llegada de internet. Lo que queda de siglo XXI demostrará que todo estará mucho más allá de lo que se podía soñar como posible a finales del siglo XX, dejando a los magazines futuristas de la época como meras ensoñaciones limitadas en su capacidad imaginativa. Pero eso no evitó que muchos inversores lo perdieran casi todo en los siguientes años, cuando implosionó la burbuja tecnológica del año 2000.

Y, si la historia de la humanidad es guía de algo, esta vez no será diferente. La Inteligencia Artificial es una tecnología revolucionaria, aún solo en pañales pero que acabará por reformular de manera absoluta y completa la forma en la que los humanos nos relacionamos con el universo y con nosotros mismos.

Es una tecnología tan disruptiva que nadie es ya capaz de imaginarse el futuro más allá de unos cuantos clichés de corto plazo. Los escenarios descritos varían desde el apocalipsis, donde las máquinas nos esclavizan y eliminan por molestos e innecesarios, hasta el de un nuevo jardín del Edén donde nunca más trabajaremos ni sufriremos y seremos como semidioses de la creación disfrutando la existencia entre los floridos jardines que la tecnología habrá creado para nosotros.

Igual que los demás, padezco la misma ceguera sobre el futuro. Todo se vuelve oscuro más allá de mañana. Pero esa ceguera no me impide reconocer la constante naturaleza de lo humano, donde de forma colectiva todo se repite, todo es cíclico. Una y otra vez.

Cuando José interpretó, en el antiguo Egipto, el sueño del faraón de las siete vacas flacas y las siete vacas gordas, lo que dijo, en definitiva, es lo único seguro que puede estar un hombre sobre el futuro: todo lo que nos rodea es cíclico, así que prepárate para ello.

Así, en la profunda incertidumbre de los mercados financieros, sí hay una cosa de la que podemos estar seguros: toda manía bursátil termina con una fuerte resaca. No es la ley de la gravedad, sino de la competencia empresarial, donde una nueva tecnología desencadena un frenesí corporativo por tratar de ganar la carrera pero, por definición, no todos pueden ganar esa carrera.

El patrón se repite obsesivamente desde el espermatozoide ganador, hasta la carrera por la inteligencia superior. Ganan quien gana y lo demás son eliminados. En definitiva, la ley empresarial sólo es la expresión de la ley biológica: unos viven y otros mueren.

Y eso es precisamente lo que se decide estos días en los mercados. La IA ha experimentado una franca manía bursátil donde, sí, hay beneficios contantes y sonantes, pero donde el mercado ha empezado a oler que no todos pueden ganar y que habrá perdedores. Habrá pérdidas.

Índice de semiconductores. El mal mes de agosto corresponde a un potencial doble techo de mercado que se juega su confirmación en la zona del anterior mínimo y de su propia media de 200 sesiones. Lecturas sostenidas por debajo de dichos niveles, pueden hundir el sentimiento bursátil del conjunto del mercado.

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